Santo Domingo

Jueves 14 de diciembre del 2006

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OPINIÓN

Los partidos emergentes

 
José Miguel Soto Jiménez

“Amolando y siempre boto”, parece ser el sino de los llamados partidos minoritarios. “Atajar pa’ que otro enlace”, ha sido su función coyuntural en los últimos treinta años, en el marco de una democracia tan cara a nuestras aspiraciones como pueblo y que arrastra los inconvenientes de una transición imperfecta. Luego de descabezada la férrea dictadura, la reconstitución de los poderes fácticos y las onerosas cargas que se desprenden de las distorsiones históricas culturales, sufrimos los traumas de un accidentado transcurrir republicano, en el que se destaca la supervivencia imprescindible de la nación, ante la pobreza secular, la injerencia de las potencias extranjeras y los despropósitos de algunos dominicanos indignos de ese gentilicio.
Los partidos pequeños, muchos de ellos grandes en propósitos e ideales, otros con merecida justificación histórica, algunos fruto de esos avatares de la tradicional lucha interna de los grandes, y no pocos también producto de esa necesidad de expresión de sectores vitales de la población, disidentes del clientelismo, la desideologización y el mercantilismo, tienen cada vez más vigencia en los torneos electorales. Esto tal vez se deba a las circunstancias de nuestra naturaleza comicial, ya sea como complemento de las victorias de los llamados mayoritarios, que verifican la necesidad de su apoyo o, más importante aún, de una presencia que denota la excepción necesaria, la protesta moral que objeta a nivel de la conciencia nacional peligrosos rumbos equivocados o esa inercia catabólica que nos anuncia el caos o el desastre. Hay algunos de estos partidos que son la materia densa de viejos sueños apreciados y testimonios de antiguos combates de un pueblo que sigue aferrado a la lucha en procura de sus reivindicaciones.

Desde luego, siempre habrá alguien que recurra al argumento mezquino y simplón de por qué, con tan buenas credenciales, estos partidos no han alcanzado el favor popular. Olvidan, quienes así piensan, que su misma existencia denota esa necesidad irreprimible del voto disidente, ese afán de no seguir la corriente, de jugar el juego sin jugarlo o, simplemente, estar o no estar de acuerdo con la ‘cuestión’, reclamar un espacio, o unirse para premiar y castigar, estar presentes y encontrar otro medio de expresión más allá de la fanfarria y la comparsa carnavalesca. Por eso, con el fardo de incumplimientos tan propios del farfullerismo electorero en los acuerdos, o la articulación valedera de su participación necesaria, se nos olvida, al enjuiciarlos festinadamente, que la misma “incumbencia reitera el oportunismo”, y que la misma articulación, llamada despectivamente, “acción de bisagra”, es una forma de estar donde precisamente hay que estar, para no permanecer en las graderías como simple espectador, o incurrir en el vicio terrible de la indiferencia ciudadana.

El valor de estas organizaciones emergentes radica, precisamente, no sólo en que son piezas claves de los triunfos en la lucha por el poder, requeridas con afán por los interesados antes de los eventos, postergadas y olvidadas después que pasan, sino en que constituyen, unidas en la consecución de los intereses nacionales, la opción cada vez más visible de soluciones, la posibilidad de ese recurso moral y novedoso que requiere la sociedad sin accidentes pesarosos, inventos, y traumas lamentables, en la procura de caminos nuevos, caras y discursos nuevos, que le den saludables cursos de acción a nuestra sociedad y a sus aspiraciones.

El problema reside en que para que estos partidos se conviertan en verdadera opción de poder, para servir a las esperanzas de las mayorías, deben recurrir a la unidad monolítica e incorruptible, basada en principios, actitudes y valores, desechando sus diferencias naturales y esas tentaciones de jugar el juego de otros. Para demostrar su buena voluntad para con la nación, alejándose de la perniciosa acción inducida del comodín, para revalorizarse en la opinión y poder constituirse en un gran frente, donde el pueblo pueda ver en ellos esa cosa que estamos buscando para recobrar la cordura y que parecemos no encontrar donde la hemos estado buscando.

Hagamos valer la minoría en procura de esa mayoría indispensable. Los partidos minoritarios, meritorios por el hecho mismo de su supervivencia, afrontando las mismas privaciones y dificultades de los sectores más deprimidos de la población, deben huirle al aposento como el diablo a la cruz, para darles, unidos, la cara a la nación. Explotemos esa vocación y experiencia de alianzas con las que han logrado sobrevivir, para que formen un gran frente y den la gran batalla.

 

 
 
 
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