Santo Domingo
Martes 01 de agosto del 2006
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OPINIÓN
Libaneses, no os convirtáis en monstruos...
 
Tony Raful

Frente a la hilera de niños muertos, frente a la humareda y los bombardeos indiscriminados en hospitales, refugios y edificios de apartamentos pulverizados, frente a la quejumbre y el llanto de madres vestidas de negro en los días negros de la desgracia, ¿quién es uno? ¿Dónde estaba la humanidad cuando Auschwitz era un campamento del terror y un ejemplo de la naturaleza mala del ser humano? ¿Por qué no llegaron a tiempo a liberar los campamentos de cremación e impedir que murieran otros millones de seres humanos? ¿Por qué los aliados dejaron para último la conquista de dicho hornos crematorios, a sabiendas de que permitían el aumento de las víctimas? ¿Por qué se bombardearon ciudades alemanas, que ya no eran objetivos militares en la debacle del imperio nazi, cuando se habían obtenido las victorias decisivas? ¿Qué oscuro sentimiento degradatorio de toda noción de amor, determinó que murieran, bajo los bombardeos de la “libertad”, cientos de miles de mujeres y niños alemanes, abandonados a su suerte, como sucedió en la ciudad alemana de Dresde? ¿Con cuál argumento podemos justificar el genocidio de la población civil de El Líbano? En todo caso, la lucha contra el grupo terrorista de Hezbolá estaba confinada a la línea fronteriza, y nadie, como el moderno y bien dotado tecnológicamente Estado de Israel, está en condiciones de situar, conocer y determinar los blancos de ataque sobre este grupo islámico, sin comprometer la destrucción de la infraestructura material y humana del pueblo libanés. ¿Cómo llueven bombas destructoras sobre aldeas y ciudades, sobre un país pacífico, con el único objetivo de sembrar el terror y la muerte? ¿De qué victoria podemos hablar, cuando el saldo de víctimas inocentes supera con creces cualquier estimado de bajas combatientes de un grupo terrorista? ¿Es que alguien piensa que puede construirse la paz y lograr el amor, diezmando poblaciones enteras con las armas mortíferas del fuego y el crimen? Una cosa es la defensa del derecho a existir, y otra es la desproporcionalidad en las respuestas a las ofensas o agravios, de unas diferencias agudizadas por la incapacidad del diálogo y la incomprensión de los intereses en pugna. De “espantosa”, calificó la controversial Condoleezza Rice, la escena de los bombardeos y ataques israelíes contra El Líbano. Y la humanidad, ¿que hará con semejante desvarío y acción delictiva? Stalin propuso acabar la barbarie usando la barbarie y terminó convertido en un bárbaro. Trujillo impuso la paz y el orden usando las armas de la barbarie, y se convirtió en un asesino despiadado. Solamente Mahatma Ghandi respondió a la barbarie colonialista con los medios de la resistencia pacífica y el mensaje de amor, haciendo retroceder a los opresores ingleses. Vi en una cadena internacional de noticias, un reportaje sobre uno de los bombardeos, donde un pacífico habitante de una ciudad libanesa quemada, frente a los cuerpos sin vida de los niños, dice, dirigiéndose a los israelíes, “no nos convertirán en monstruos, no seremos iguales que ustedes,” y buscando de inmediato un ramo de flores arrancado a un árbol y lanzándolo sobre los cadáveres, dijo, “no mataremos niños judíos”. Aquellas palabras del libanés indignado llenaron de amor la pantalla y el mundo, “no nos convertiremos en monstruos, no mataremos niños judíos”. Se trata de no convertirnos en el “otro”, de no hacer lo que el “otro” hace, de no igualarnos en su dimensión catastrófica de muerte. Cuando las torres gemelas cayeron demolidas por el odio, debimos detenernos para emplazar a los que odian, para que renunciaran a esta forma aberrante de dirimir los problemas, que nos iguala a las fieras. Tanto en Israel como en El Líbano y en todo el Medio Oriente, hay que apoyarse en la fuerza del amor, del respeto, de la convivencia, de la solidaridad, por encima de las miserias y mezquindades nacionales. ¿Cómo es posible vivir cada día ignorando lo que pasa en el mundo, vivir un proyecto individual al margen de la fraternidad y el amor colectivo? ¿Desde cuándo el ser humano puede sobrevivir solo, aislado? ¿Por qué suceden estas cosas en el mundo, violando los tratados, los acuerdos internacionales, las fementidas declaraciones de las naciones invocando el amor y la paz? ¿Cómo es posible vivir, exclusivamente para darse harturas, para brincar, para endrogarse, para competir innoblemente, para explotar y no sentir un dolor en el corazón, cada vez que se comete una injusticia en la tierra? ¿Cómo hablar de felicidad y de armonía y mostrar la bonanza, los apellidos ilustres, cuando por dentro un río de sangre nos lleva a la muerte sin amor, al infierno real, que es vivir sin solidaridad ni Dios?

 
 
 
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